domingo, 11 de octubre de 2026

Acción


Cuando se apagan los focos

Últimamente pienso bastante en el tiempo. En lo rápido que pasa, en todo lo que dejamos atrás y en esa extraña sensación de ir convirtiéndonos, poco a poco, en espectadores de nuestra propia vida.

A veces miro fotografías antiguas y me sorprende pensar que todo aquello ocurrió de verdad. Que fui ese chico, que viví aquellas historias, que estuve en tantos lugares, que conocí a tanta gente y que sentí tantas cosas que, con el tiempo, parecen ir perdiendo su lugar en el mundo. Como si los recuerdos también necesitaran a alguien que los recuerde para no desaparecer del todo.

Supongo que hay una parte de nosotros que siempre quiso dejar huella. Ser alguien, hacer algo que permaneciera, conseguir que la vida vivida no se perdiera entre los millones de vidas anónimas que pasan por aquí sin que nadie llegue a conocerlas. Y quizá lo más difícil de hacerse mayor sea comprender que la mayoría de nuestras historias no quedarán escritas en ninguna parte. Que un día se apagarán los focos y la función terminará, aunque todavía nos queden tantas cosas por decir.

También miro alrededor y me cuesta reconocer algunas cosas. El mundo parece cada vez más ruidoso, la gente más enfrentada y las certezas más pequeñas. A veces tengo la sensación de que todos estamos demasiado ocupados defendiendo nuestras razones como para detenernos un instante a comprender las de los demás. Y confieso que hay días en los que todo eso me produce más cansancio que rabia.

Quizá sea yo quien ha cambiado. Quizá sea el tiempo, que va quitándole brillo a algunas ilusiones y enseñándonos a mirar de otra manera. Ya no tengo la misma prisa por llegar a ninguna parte, aunque tampoco he aprendido del todo a aceptar que algunas puertas quizá ya no se abran y que ciertas versiones de nosotros mismos solo puedan visitarse en fotografías.

No sé muy bien en qué momento uno empieza a sentirse un poco invisible. Cuándo deja de esperar grandes cosas de la vida y comienza a conformarse con que las pequeñas no desaparezcan. Cuándo las ganas de comerse el mundo se convierten, sencillamente, en el deseo de encontrar un lugar en él.

Y, sin embargo, sigo aquí. Con mis recuerdos, mis contradicciones, mis afectos y esa extraña mezcla de melancolía y curiosidad que todavía me hace mirar hacia delante, aunque a veces no sepa muy bien qué espero encontrar.


Quizá al final se trate de eso. De aceptar que no todas las vidas tienen aplausos, que no todas las historias encuentran quien las cuente y que no siempre somos los protagonistas que imaginábamos ser.

Pero qué extraño sería haber vivido tanto y no sentir, de vez en cuando, la tristeza de todo lo que pasa.

Supongo que todavía me cuesta acostumbrarme a que la función continúe, a que cambien los decorados, a que algunos personajes desaparezcan y a que uno mismo ya no ocupe el lugar que ocupaba antes.

Y aun así, mientras quede algo que sentir, algo que recordar y alguien a quien querer, quizá todavía no sea el momento de abandonar el escenario.

Solo quizá.